A S T R O B I O G R A F I A S
Pedro Eleodoro Paulet Mostajo
(02 de julio de 1874, Tiabaya, Perú - 30 de enero de 1945, Buenos Aires,
Argentina)
Por:
Emperatriz Guerrero.
Asociación Larense
de Astronomía, ALDA.
El desarrollo de la astronáutica siempre aparece ligado a personalidades
estadounidenses y europeas. Pero en sus orígenes participó un latinoamericano,
Pedro Paulet, cuyos aportes fueron
tan relevantes que ha sido reconocido por muchos como el
padre de la astronáutica y la era
espacial.
En el último cuarto del siglo XIX, en una pequeña ciudad de Arequipa, Perú,
nació Pedro Paulet, hijo de Pedro
Paulet Carpio y de Antonina Mostajo Quiroz. La muerte de su padre lo sorprendió
cuando apenas contaba tres años de edad.
Fue en el colegio de lazaristas donde estudió primaria y secundaria, que un
sacerdote francés, Hipót Duhamel, le
entregó un ejemplar del libro “De la Tierra a la Luna” de Julio Verne,
despertando desde ese momento la imaginación y el interés de
Paulet en construir una nave que pudiera
viajar al espacio. Así, comienza a experimentar con sus primeros cohetes,
inspirados en los juegos pirotécnicos que veía en las fiestas y celebraciones
pueblerinas.
Dadas sus condiciones económicas, estuvo a punto de no continuar estudios
universitarios, pero el Rector de la Universidad de San Agustín de Arequipa lo
invita a presentar un examen ante varios profesores, quienes quedan
impresionados por su nivel de respuestas, lo que le permitió el ingreso a la
Facultad de Letras y Ciencias.
Posteriormente, en 1894, cuando contaba 18 años, es becado por el gobierno
peruano para estudiar Ingeniería Química en La Sorbona, donde se gradúa con
honores. Además, durante el tiempo que estudió asistió como alumno libre a la
Escuela de Bellas Artes y Artes Decorativas de París, estudiando Arquitectura
para prepararse en dibujo técnico, lo que le ayudaría en el diseño de sus
proyectos.
La visión de Paulet lo llevó a
señalar que el progreso consiste en superar los procesos de la naturaleza, no en
igualarlos, de donde “…lo que debemos estudiar no es la aviación que viene
de ‘aves’, y que sólo invita a imitar su vuelo, sino la desgravitación. Hay que
propiciar el transporte por encima del planeta, donde no hay aire, ni nubes, ni
hielo.” (Madueño, 2002, p. 6).
En este sentido, desde sus estudios en La Sorbona comienza a concretar sus ideas
de una nave espacial. Consciente de los requerimientos que necesitaría, se ocupa
del desarrollo de un combustible adecuado para propulsarla. Sus ideas las
consultó con sus maestros, entre ellos Pierre
Curie, Charles Friedel
(químico y mineralogista), Marcelin Berthelot
(experto en química orgánica y termodinámica) quien le da a conocer las
panclastitas, combustibles líquidos formulados por Turpin en 1882. Éstos
estaban constituidos por un agente oxidante nitrogenado dispersado en un
hidrocarburo. El gran inconveniente era lo volátil de la mezcla y la violencia
de la explosión que generaba. Sin embargo, resultaba adecuado a los propósitos
de Paulet.
Como resultado de sus investigaciones, utilizó una
panclastita constituida por peróxido de
nitrógeno dispersado en
bencina.
Con esto en mente, diseñó en 1895 el “motor
Paulet”.
Como resultado, obtuvo el
primer modelo de motor bipropulsor, con el oxidante y el hidrocarburo en cámaras
separadas, que se mezclan sólo en la cámara de combustión, en la cual se produce
una chispa a intervalos regulares. Fue gracias a este motor que el poder
explosivo de la panclastita pudo ser controlado, y lo convirtieron en el
prototipo de los usados actualmente, con la diferencia que el
ácido nítrico reemplaza al
peróxido de nitrógeno.
La girándula motriz fue el prototipo de impulsión basado en su motor,
constituido por una especie de rueda provista de tres cohetes alimentados por
tubos unidos a los radios de la rueda, que podían encajarse en un cárter,
utilizando igualmente la panclastita como combustible. Según
Paulet, se podían utilizar baterías de
cohetes. Las explosiones regulares hacían girar la rueda, cuya fuerza de empuje
se canalizaría por una tobera para impulsar la nave. Los resultados fueron
exitosos, aunque durante las pruebas ocurrió una explosión que le perforó el
tímpano izquierdo, siendo prohibidas las experimentaciones con explosivos por el
director del instituto.
En 1897, finalmente concretó la construcción de su motor, dándolo a conocer
públicamente. El motor incluía una cámara de combustión de acero vanadiado
sujeto a un alambre guía que llevaba hasta un dinamómetro de resorte. A ambos
lados se hallaban los tanques de peróxido de nitrógeno y de bencina. Un platino
de ignición adosado a un reloj generaba a intervalos regulares la chispa de una
bujía que daba a la cámara de combustión, produciendo una explosión cuya energía
era expulsada por la tobera de salida, elevando la cámara hasta el dinamómetro
que registraba la fuerza de empuje. De esta manera, el cohete de 2,5 kilogramos
de peso producía 300 explosiones por minuto, generando un empuje constante de 90
kilogramos de presión. El sistema funcionaba aproximadamente una hora sin que el
cohete mostrara deformaciones notables.
En 1902, siendo Cónsul General en Amberes, presentó en un impreso los diseños de
su nave espacial bajo el título “Avión Torpedo, System Paulet”, a la que
denomina “Autobólido”. Este vehículo incorporaba por primera vez a un
diseño de nave aérea lo que hoy se conoce como ala delta, utilizada
posteriormente por la aero y astronáutica, y estaba impulsado por su motor de
combustible líquido.
Su forma en reposo recuerda una punta de lanza por el ala delta que la rodea. La
nave despegaba apuntando al cielo, y una vez alcanzada cierta altura, podía
rotar el ala en 90º para desplazarse horizontalmente, orientándose por medio de
un eje situado en el centro de gravedad de la cabina. En su momento, esta
capacidad de vuelo en dos planos fue innovadora, y la tienen hoy en día los
helicópteros y los aviones Harrier.
En su centro contenía una cabina esferoide de 3,5 x 2,5 m para la tripulación,
construida en aluminio y revestida interiormente de acero; su ingenioso sistema
de paredes termoeléctricas no sólo calentaba la cabina, sino que dotaba al
sistema de energía produciendo electricidad en pleno vuelo, superando la
limitación que presentaban para entonces las pilas termoeléctricas.
A ambos lados de la cabina, en la base de los alerones, estaban instaladas doce
baterías de tres cohetes por batería, siguiendo el modelo de su motor Paulet. En
la descripción de su aparato, Paulet
descartó el uso de hélices por cuanto el autobólido se desplazaría en el
espacio, donde no hay aire. Estimaba que éste podría mantenerse estacionario en
sentido vertical maniobrando las baterías de cohetes y que incluso podría
sumergirse y navegar bajo la superficie del mar.
Una vez conocido su motor, el primero en mostrar interés fue
Henry Ford, quien le ofreció una
cuantiosa suma, a cambio de su monopolio y nacionalización. Sin embargo, el
tener que renunciar a su nacionalidad y a los derechos sobre su motor en la
construcción de su nave espacial para que éste se usara en autos de carreras,
llevaron a Paulet a rechazar la
oferta. Según comenta su hija Megan Paulet
Wilquet “…Ford se quedó perplejo con la respuesta del sabio
peruano. En un país donde el dinero lo logra todo, no podía concebirse que un
modesto cónsul de un país subdesarrollado latinoamericano rehusara tamaña oferta
a cambio de una quimera.” (Zlatar, 2000, p.66). La segunda oferta provino
de la Asociación para la Navegación Espacial alemana, Verein für
Raumschiffahrt (VfR), misma a la que luego pertenecería
Wernher von Braun. Aunque en un
principio se mostró interesado, las intenciones de utilizar sus descubrimientos
para hacer misiles, lo llevaron prontamente a rechazar dicha oferta.
No cabe duda que de haber logrado construir su nave espacial, él mismo se
hubiese embarcado en ella, buscando hacer realidad su mayor anhelo, “…navegar
384.000 kilómetros en el espacio sideral hasta tocar el suelo lunar…” (en
Zlatar, 2000, p.66).
A raíz de un artículo publicado en el diario peruano El Comercio el 24 de
julio de 1927, en el cual Max Valier
decía haber inventado un “buque cohete”, envía desde Roma una carta fechada el
25 de agosto de 1927 que se publicó en dicho diario el 07 de octubre del mismo
año. En esta carta Paulet señalaba
que el avión-cohete había sido ideado y estudiado por él hacía treinta años, y
pasaba a describir su motor y su nave espacial. Este artículo fue traducido por
un diario alemán, del cual se sirvieron, entre otros,
Alexander Scherschevsky quien lo cita
como precursor del motor a propulsión y la nave espacial en su libro “El uso
de cohetes para viajar” (1930).
Fue la lectura de estas publicaciones y su referencia al científico peruano, las
que llevaron a von Braun, director de
la NASA y líder del primer vuelo tripulado a la Luna, a señalar que
Paulet debe ser considerado como el
pionero del motor a propulsión con combustible líquido (Historia Mundial de
la Aeronáutica) y reconoce su aporte en el desarrollo de prototipos que
llevaron al hombre a la Luna (Historia de la
Cohetería y los Viajes Espaciales). De esta manera se reivindicó el
nombre de Paulet, dándole el lugar
que le corresponde.
Otros precursores de la astronáutica, como
Konstantin Tsiolkovsky,
Robert Goddard
y Hermann Julius Oberth,
utilizaron los estudios y diseños de
Pedro Paulet para diseñar sus naves y
motores experimentales.
En 1929, siendo Cónsul en Rotterdam, consigue la ayuda de dos ingenieros, uno de
ellos Hans Doerr, con los que
reconstruye su motor, porque el original se había dañado durante la guerra. Sus
trabajos trascienden a la prensa, y son publicados en un diario local.
Durante la década siguiente, su interés en el motor y su nave se vieron
relegados ante las numerosas comisiones que cumplió para el gobierno peruano.
Sin embargo, de 1935 a 1941, trabajando para la Cancillería en Lima, presentó su
motor y sus diseños del aubólido al Ministerio de Aviación buscando
financiamiento, sin obtener resultados positivos.
En 1941 fue destinado a Buenos Aires como Consejero Comercial. Estando ahí, el
estallido de la Segunda Guerra Mundial y la ruptura de relaciones de Perú con
Japón, llevaron a que su hijo Otto Héctor,
casado con una japonesa y encargado de resguardar sus prototipos, abandonara el
país nipón, con lo que éstos se perdieron.
Pedro Paulet
falleció en Buenos Aires, el 30 de enero de 1945, el mismo día en que cesaban
sus funciones como Consejero Comercial.
De su relación y posterior matrimonio (17-01-1914, París) con
Luisa Constance Josephine Wilquet Genion,
perteneciente a una distinguida familia de Bruselas, nacieron siete hijos, dos
de los cuales, Margarita y José murieron por la carestía que asoló Europa como
consecuencia de la Primera Guerra Mundial. Esta situación y el temor por la vida
de los otros tres, Otto Héctor, Pedro y Cecilia, lo llevaron a refugiarse con su
familia en Londres, donde nacen los dos menores, Luis y Megan.
Además de sus inquietudes científico-tecnológicas, entre otras muchas
actividades Paulet fue corresponsal
de los diarios Le Figaro y Le Petit Rèpublique mientras estuvo
estudiando en París; posteriormente se desempeñó como Canciller en París y
Amberes; Cónsul en Dresden, Stanvanger, Ámsterdam, Rotterdam y Yokohama;
Encargado de Negocios en Noruega y Consejero Comercial en Buenos Aires. En Perú,
elaboró los planos del hospital Goyeneche en su natal Arequipa; publicó la
revista Ilustración Peruana; fue Director del Departamento Comercial del
Ministerio de Relaciones Exteriores, proponiendo al gobierno el establecimiento
de las 200 millas de mar territorial; colaboró en la instalación de la
telegrafía, además de ser Director de la Escuela de Artes y Oficios (actual
Instituto Superior de Tecnología) donde impulsó varias carreras en el área
tecnológica basándose en los planes de estudio de prestigiosos centros de
educación técnica europeos, y profesor de Geografía en la Universidad Católica,
desde donde abogó por una educación universal científica y clásica, como base
del progreso de un país.
En su honor, la serie de cohetes sonda lanzados desde 2006 por la Comisión
Nacional de Investigación y Desarrollo Aeroespacial (CONIDA) del Perú, llevan
los nombres Paulet I y
Paulet I-M.
En 1993, el 2 de julio fue declarado en Perú Día
de la Ciencia y Tecnología Aeroespacial,
y en 1974, en homenaje a los 100 años de su nacimiento, la Oficina de
Correos y Telégrafos imprimió una serie de estampillas con su imagen y su diseño
del autobólido.
En el Museo de la Aeronáutica, en Lima, dependiente de la Fuerza Aérea Peruana,
se encuentra la Sala Pedro Paulet,
que alberga sus bocetos originales y los modelos de sus inventos, entre ellos su
nave espacial.
El Museo Nacional del Aire y el Espacio en Washington, honra su memoria en una
placa, como precursor de la aeronáutica.
Google le dedicó su doodle del 02-07-2011 en el 137 aniversario de su
nacimiento, en el cual se muestra su nave espacial.
En 2012, la Unión Astronómica Internacional
designó en su honor al asteroide 1985
RD4 como (4443) Paulet.
Pedro Paulet,
como tantos otros jóvenes de Latinoamérica que nacen en circunstancias poco
afortunadas o en alguno de los pueblos desperdigados por nuestra geografía, “…demostró,
a través de su contribución a la ciencia universal, que todos los hombres somos
capaces de acceder a los más altos estadios de la creatividad humana.” (Madueño,
2002, p. 6).
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http://iehap.pe/wp-content/uploads/2019/06/2000-Pedro-Paulet.pdf
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Fuente de imágenes:
Pedro Paulet, retrato
https://diariocorreo.pe/edicion/arequipa/homenaje-a-pedro-paulet-a-70-anos-de-su-muerte-561376/
[Descarga: 2020, marzo 24].
Doodle:
https://elcomercio.pe/tecnologia/ciencias/pedro-paulet-peruano-cuyos-disenos-inspiraron-ingenieros-apolo-11-ecpm-noticia-657333-noticia/
[Descarga: 2020, marzo 24].


